sábado, 5 de diciembre de 2020

Sobre correcciones

Retrato de Jorge Luis Borges por Beti Alonso

 

Publicamos nuestros libros para librarnos de ellos, para no pasar el resto de nuestras vidas corrigiendo borradores.
Jorge Luis Borges

Por hache o por be desde hace unos meses vengo recibiendo gran cantidad de ofertas de cursos para escribir y servicios para escritores. Está bien, muy bien.

Uno de los servicios que me llama la atención es el de corrección. No voy a ser yo quien diga que no puede ser útil, no. Pero, sinceramente, no me imagino a Borges, o a Cervantes, o a Edgar Allan Poe por citar a algunos de los grandes autores del mundo mundial dando a corregir El Aleph, o El Quijote, o El barril de amontillado a terceros, por muy profesionales y expertos que sean. ¿Y tú?

Déjame que te cuente que yo mismo colaboro con algunas revistas o publicaciones de ciencias sociales —básicamente Psicología, que es lo mío— como corrector ciego. No me encanta; pero lo hago a gusto porque me ayuda a mantenerme en forma en un mundo, el de las publicaciones científicas, que abandoné hace tiempo en el sentido de no escribir ni publicar en ellas. No por nada en especial, ¿eh? Serán mis manías...

Pero esta última actividad no tiene nada que ver con la primera, que conste.

Y déjame que te cuente también que en mi última novela —la recién publicada Lo que tenga que ser, será— no ha habido intervención de correctores externos. La he autocorregido en su totalidad en un proceso largo, repetitivo y, a veces, un poco tedioso. Pero necesario y que forma parte del escribir mismo.

Pues resulta que estoy releyendo Lo que tenga... y hasta la página 127 (de 353) he encontrado tres erratas. Son pocas y no destacan de manera especial. O sea, no son faltas de ortografía ni grandes burradas que lleguen a molestar o a transgredir el sentido del texto. Si hubiera dado mi obra a corregir externamente... ¿se hubieran percatado de esas erratas? Siempre me quedará esa duda...

Desde luego erratas habrá siempre. Eso es verdad absoluta y hay que aceptarlo tal cual. Yo las he detectado incluso en publicaciones de grandes y famosas/os autoras/es en grandes y famosas editoriales. ¡Ah! Y cuando la obra viene traducida de otro idioma, pues no digamos.

Por cierto, sí, ya sé que apenas salida del horno debería de haber dejado pasar bastante tiempo más para releer mi novela. Pero suelo caer con facilidad en las tentaciones.

Claro que hay diferentes servicios al respecto: corrección orto-tipográfica y de estilo, por ejemplo. Todas ellas con muy buena intención, por supuesto.

En cuanto a la primera me sorprende que se suela ofrecer conjuntamente. Una cosa es la ortografía y otra la tipografía, ¿no? Aunque sí, ya sé que —desde una perspectiva sistémica— el todo es resultado de las partes, muchas veces indesligables. Si alguien desconoce la ortografía del idioma español, en este caso, más vale que se retire o que vuelva a su infancia y re-aprenda eso. Y en cuanto a la tipografía, es muy similar en todas las editoriales. Pero en caso de querer publicar en una determinada, pues ¡a fijarse en publicaciones anteriores! a ver cómo hacen...

¿Corrección de estilo? ¡Esto ya se sale totalmente! A ver, el proceso de escribir, sea el género que sea, supone ofrecer un estilo determinado, seguramente cuanto más enganchador para la lectora o el lector, mejor. Y ese estilo, que puede incluir frases o expresiones muy raras, larguísimas oraciones subordinadas o bellas y sencillas sujeto-verbo-predicado, no se aprende en las escuelas ni puede ser corregido por nadie. No se aprende, pero exige un, de nuevo, largo y profundo proceso del que quien escribe nunca estará absolutamente seguro de si lo ha hecho bien. ¿Qué es hacerlo bien? ¿Alguien lo sabe? Si, a más a más, quien escribe se sale un poco de la tradicional (e imposible) descripción de los hechos, pues pierde totalmente el control de su obra; también quien sigue la tradición.

En resumen: si necesitas corrección externa, deja de escribir y más bien dedica tu tiempo y tus esfuerzos a otras cosas.

¡Saludos!

Josep



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